5 jun 2011

Real Academia de la Historia - Diccionario Biográfico Español


El asunto de la Real Academia de la Historia y su Diccionario Biográfico Español me ha puesto de muy mal humor. He dejado pasar algunos días porque no quería escribir en caliente: el tema merece una serie de reflexiones.

Vayan por delante algunas cosas: soy historiador, joven, no sé del Diccionario Biográfico más de lo que ha transcendido en los medios y parte de mi tesis doctoral gira en torno a la renovación de los estudios prosopográficos y su aplicación en la generación de conocimiento sobre el tejido urbano medieval.

Mi indignación viene de varios frentes. Por un lado, el que supongo que comparto con parte de la ciudadanía: me indigna el uso descaradamente político y partidista que ha hecho la Real Academia de la Historia de un proyecto en el que se han invertido más de seis millones de euros ( en números es más bonito... más de 6.400.000 €; en pesetas, más de 1.000.000.000) y que es un canto al franquismo, a los sectores conservadores y un vilipendio continuo a todo lo que huela a representante de la izquierda política o cultural. Aquí la culpa no la atribuyo a los autores individuales, cada uno es mayorcito para escribir en función de sus opiniones y su propia consciencia crítica. Ahora bien, en una obra coordinada por una institución, esta institución tiene la responsabilidad última de los textos, que para algo coordina. Y aún más en una institución pública, a la que se le tendría que exigir un respeto intachable por la veracidad en su trabajo.

Repito. Me indignan las hagiografías de Aznar y Aguirre, el canto a cuarenta años de dictadura feliz que supone la entrada a Franco o la diferente vara de medir respecto a los dirigentes de izquierdas durante la guerra de España. Pero, como historiador, mi indignación va mucho más allá. Lo que me enerva de todo esto es el daño que una institución caduca, superada e inoperante ha hecho, con su mala praxis, a mi oficio.

Uno de los debates de mayor calado entre aquellos que nos dedicamos a la Historia es (o tendría que ser, porque somos un país poco dado al debate metodológico) aquél que se pregunta sobre la utilidad de la Historia. El estudio crítico del pasado ¿ha de ser una materia exógena al tejido social? ¿o por el contrario ha de imbricarse en las problemáticas de su tiempo, aportando elementos de reflexión? La respuesta decidirá si los historiadores somos un gabinete de excéntricos enfrascados en una relación de curiosidades o somos una parte esencial en la conformación de una sociedad mejor. Como elemento a tener en cuenta: los mejores historiadores siempre han resultado ser aquellos que han sabido destilar las problemáticas de su tiempo y darles una respuesta a través del estudio del pasado.

La pregunta que, como colectivo, tenemos que hacernos los historiadores es: ¿Qué tipo de historia queremos para el siglo XXI? ¿Queremos la renovación metodológica y de contenidos que nos permita volver a ser un activo social? ¿Avanzamos al ritmo de la sociedad? ¿O por contra preferimos ejercer nuestra profesión siguiendo unos esquemas mentales más propios del siglo XIX, con instituciones centrales enquistadas en la década de los 50 del siglo XX, que han demostrado por activa y por pasiva su agotamiento metodológico, humano y reflexivo? Yo, desde la inexperiencia que me da la edad, lo tengo claro.

La polémica en torno a la Real Academia de la Historia y su Diccionario Biográfico ha tenido una repercusión siniestra, más allá del factor político. Ha enviado el mensaje, agradable para buena parte de la población, de que la Historia es inútil, de que el historiador profesional es una marioneta al servicio de quién sabe qué, según su color político; de que el estudio de la Historia es algo caduco, rancio, bueno para nada; de que la veracidad histórica se encuentra en otros mares, concretamente en aquellos en que navegan las novelas históricas, los productos de consumo mediático. De que la recreación del pasado, en definitiva, ha de transitar por vías divergentes a las del profesional que hace de ello su campo de estudio.
Hay aún otro tema que me preocupa: lo sutil que puede ser la manipulación histórica. Mucha gente ha revisado con ojos críticos las entradas morbosas (la de dictadores y allegados, políticos en activo, personajes de actualidad) pero ¿alguien ha reparado en los juicios de valor y deformaciones de personajes históricos? ¿De aquellos que conforman nuestra visión del pasado? Porque estas son más peligrosas si cabe, ya que no estamos acostumbrados a tener una postura crítica ante la impostura. ¿Por qué es peligrosa la reescritura de la figura de Franco y no la de Isidoro de Sevilla? ¿Por qué nos fijamos en Negrín y no en Rodrigo Díaz de Vivar? Entiendo que pueda parecer accesorio pero, si dejamos los elementos explicativos de nuestro pasado en manos de los tergiversadores, ¿qué nos queda de ellos para establecer un diálogo crítico entre su época y la nuestra?

Y para acabar, una pequeña reflexión. Con lo que ha costado el Diccionario Biográfico, ¿somos conscientes de lo que 6.400.000 euros significarían en la potenciación de una investigación de calidad hecha por profesionales competentes? Yo os lo digo: a lo que se pagan ahora las becas de investigación pre-doctoral, que son las que garantizan la formación de las nuevas generaciones de profesionales, hubiéramos podido tener 6.400 meses cubiertos (por ejemplo, pagando durante 64 meses a 100 investigadores en formación).

Espero que nadie se sorprenda de mi indignación...

2 comentarios:

  1. Todo el tiempo utilizando el pasado para legitimar actos del presente y a nadie parece importarle que pueda seguir ocurriendo.

    H.G. Wells nos tranquilizó complicando el asunto.

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  2. Sí. El problema de este caso concreto no es tanto que se utilice el pasado para legitimar el presente,si no que se tergiversa el pasado para legitimar el propio pasado...

    En cualquier caso es un ejercicio de falta de ética profesional que clama al cielo.

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