31 dic 2010

Alessandro Baricco - Homero, Ilíada

Los clásicos nunca mueren, o al menos eso es lo que nos suelen repetir. Otra cosa es que cuando uno echa la vista atrás y los observa, hay veces en que los clásicos no han envejecido con la suficiente frescura. Entendámoslo; tampoco es que sea culpa suya. Simplemente los gustos, los ritmos, las formas de narrar o de acercarse al hecho escrito varían con el tiempo. Nos toca a nosotros actualizarlos con rigor y buen hacer, manteniendo el fondo por encima de la forma.
Creo que, un poco por eso, me gusta tanto Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco; por todo lo que supone como resituación de la Ilíada dentro de los actuales cánones de lectura, sin perder por ello un ápice de su fuerza original.
El proyecto comenzó con una premisa sencilla: un buen día Baricco pensó que sería buena cosa plantear un recital público de la Iliada, acción muy loable si recordamos que en origen el texto homérico era pura oralidad. Pero se encontró con un problema: la obra, tal cual la conocemos, lo hacía inviable. Se tardaba ni más ni menos que unas cuarenta horas en recitarla. Así que nuestro hombre decidió – como bien explica en el prólogo – intervenir en el texto siguiendo cuatro premisas básicas.
Primera: Hacer en el texto los recortes necesarios, eliminando las frecuentes repeticiones y digresiones que rompen el ritmo narrativo. La idea básica es no eliminar escenas completas ni hacer meros resúmenes de contenido, si no crear secuencias más concisas tomando como modelo el pasaje homérico original.
Esta regla se rompe en un único caso: Baricco elimina las intervenciones divinas: “Son tal vez las partes más ajenas a la sensibilidad moderna y a menudo rompen la narración, desaprovechando un ritmo que, en caso contrario, sería excepcional”. Además, insiste, no son parte fundamental de la obra, ya que casi siempre son reduplicadas por un gesto humano, que las reconduce hasta lo real. “En definitiva, suprimir los dioses de la Ilíada, no es un buen sistema para comprender la civilización homérica, pero me parece un sistema óptimo para recuperar esa historia, trayéndola hasta la órbita de las narraciones que nos son contemporáneas”.
Segunda: Cuidar el estilo, evitando léxico arcaico, y vigilando el ritmo interno del texto. “Lo hice porque creo que acoger un texto que viene desde tan lejos significa, sobre todo, cantarlo con la música que es nuestra”.
Tercera: Baricco pasa la narración de tercera a primera persona, para introducir así distintos personajes en la recitación pública. Esta decisión, puramente técnica, hace ganar a la lectura muchos enteros y permite mayor implicación del lector / oyente.
Cuarta: De vez en cuando, la tentación de añadir algún pasaje o deslizar alguna idea no presente de manera evidente en la obra es demasiado fuerte para Baricco. En este aspecto, vuelve a actuar con total honestidad, marcando en cursiva las aportaciones personales, diferenciándolas del resto.

El resultado no decepciona. Baricco consigue adaptar la obra a los ritmos actuales, sin que por ello ésta pierda ni un ápice de su fuerza original. Quien haya leído la Iliada, tiene el aliciente de captar en el nuevo texto los ecos del canto homérico; quien no lo haya hecho, tiene a su disposición un texto ligero, de fácil lectura (recordemos que fue pensada para una recitación radiofónica), que supone una verdadera iniciación a uno de los grandes elementos fundadores de la consciencia occidental: Troya, Aquiles, Héctor, Agamenón, Patrolo, Néstor, Ayante, Odiseo o Eneas desfilan de nuevo ante nuestros ojos y nos recuerdan que, aún a día de hoy, tienen mucho que decirnos sobre nosotros mismos si estamos dispuestos a escuchar.

En la imagen, Aquiles vendando a Patroclo. Ática de figuras rojas, en torno al 500 aC.


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